El Tratamiento de Norma Beatriz Cabrera
Posted by terrorynadamas on Abril 22nd, 2008 filed in AUDIO, BLOG, Relatos Y Audiorelatos de TerrorMartes de terror aqui en Terror y Nada Más. Vamos a comenzar con un relato de terror titulado El Tratamiento. Este relato escrito por Norma Beatriz Cabrera nos narra la historia de una mujer que se somete a una intervención quirurgica de estética con consecuencias inesperadas. Con todos vosotros El Tratamiento:
EL TRATAMIENTO
Mi voz y la razón aún persisten. A decir verdad, mi voz algo ha cambiado, pero sigue siendo humana, y es con ese resabio que puedo contar mi historia.
Todo comenzó hace cinco meses. Había cumplido cuarenta años y la llaga dolía en mi alma inquieta; ni siquiera podía pronunciar la edad. Intenté, desde distintos flancos, pelear una batalla donde el enemigo tenía las mejores armas. Las escaramuzas de la muerte, con sus avanzadas de arrugas, artritis, flaccidez, depresión e infinidad de crueles sutilezas, fue diezmando todo deseo de perdurar en mi aura juvenil.
Siempre odié la resignación. Ese sentimiento me llevó a observar el aspecto de algunas personas que, si no fuera porque la costumbre nos vuelve miopes, debería llamarnos la atención. Pregunté con discreción cuál era el secreto. La respuesta fue obvia: yoga, tres litros de agua por día, dieta naturista, meditación y alguna cremita. Esa piel infantil no se logra con agua y dieta, tampoco con cirugía. Convencida de que había algo más, invertí dinero y tiempo rastreando información.
Los rumores sobre terapias de rejuvenecimiento, audaces y efectivas, habían llegado a mis oídos. Debía averiguar dónde se realizaban. Pasé días y noches en Internet; pero fue un mail el que me dio el dato seguro. Ahora sé que todos los rumores llegados a mis oídos guardaban algo de verdad.
Viajé a un país cuyo nombre no aprendí a pronunciar bien, y aunque pudiera hacerlo, quisiera mantenerlos en la ignorancia, como una forma de evitarles mis sufrimientos.
De madrugada arribé a una ciudad que llamaré Tz. Vía Internet había recibido información sobre el tratamiento, pormenores del hospedaje y lo más importante: resultados esperados, costos, fotos del antes y después en distintos pacientes; currículum de los profesionales, en fin, todo.
El tratamiento se basaba en terapia con células embrionarias y la activación de tejidos dérmicos para que los mismos se nutran. Los resultados eran excelentes y duraderos. No había nada extraño que justificara el misterio, todo era por una cuestión de migraciones e impuestos.
Desde el aeropuerto fui trasladada a lo que llamaban Casa de Descanso. Todo parecía estar a mi disposición, por la amabilidad con que me atendían y porque no encontré a otros pacientes. La atención era exclusiva. Al día siguiente, cerca del mediodía, empezaron las sesiones.
Durante tres días me inocularon, en etapas, las células; esperaron otros tres días, que eran de reabsorción. Luego los implantes se activaban provocándoles movilidad. Podían observarse las vibraciones a simple vista. Durante este proceso me sedaron; estaba tensa y tenía sueños espantosos que no quería recordar. Sabía que las células embrionarias eran de origen animal y microscópicas; pero me inquietaba. Quizá porque había escuchado que estaban latentes, que “preparadas” de ese modo era como darle caviar a la piel.
Concluido este período se inició la rehabilitación, pues era importante estar activa, de manera que músculos y piel tomen los nutrientes con mayor intensidad. Usaba sólo ropa holgada para no presionar el material. A simple vista se veían unas pequeñas erupciones que sobresalían de la piel. Era desagradable. Me lo habían advertido. Pero, al fin de cuentas, sacrificio y beneficio son las caras de una misma moneda. Además, no había dolor, y eso es lo que realmente importaba.
Con los días mi piel comenzó a cambiar en forma casi milagrosa, el espejo volvió a ser un aliado, y los doctores estaban prontos a darme el alta. Ansiaba volver a casa. Todo el dinero invertido era insignificante comparado con la dicha que estaba viviendo. Ya era tiempo de regresar.
A treinta días de haber iniciado el tratamiento, retomé mis actividades. Empecé a disfrutar nuevamente de todos los placeres, y en especial, de mi cuerpo. Durante las horas de trabajo siempre había un momento, un lugarcito y un compañero con quien enardecer mi piel adolescente. Por las noches las invitaciones se multiplicaban. Rápidamente aprendí de nuevas experiencias y sumé la generosa compañía de amorosas mujeres.
Pero algo sucedió.
Era de noche y se escuchaba una suave brisa. Acababa de despedir a mis dos ocasionales compañeros cuando sentí un intenso calor en todo el cuerpo, parecían sofocones del climaterio. Al momento se fueron y me tranquilicé; sonreí al pensar que era consecuencia de tanto apasionamiento por partida doble. Preparé una ducha, y al quitarme la ropa, vi pequeñas pelotas debajo de la piel. Empecé a asustarme, y sin saber que hacer, por unos minutos permanecí inmóvil. La piel se iba tensando, estaba afiebrada. Recordé una novela que hacía poco tiempo había leído: Oran… los bubones. Con un mal presentimiento llamé a la urgencia médica. Llegaron en unos minutos y luego de revisarme, sin dar mayores explicaciones, me internaron en un hospital.
Hicieron muchas preguntas y luego fui trasladada a otra habitación. Pedí que se comunicaran con la Casa De Descanso. Resultó que los números telefónicos eran inaccesibles, al igual que la conexión en la web.
¡Qué tengo! ¿Qué me pasa? Era lo único que repetía, con una voz que mutaba tanto como mi cuerpo. Me informaron sobre otros casos de “rechazo”, con un síndrome similar.
Una de las últimas noches normales que recuerdo, me desperté llorando y corrí ante el espejo. Lo que vi parecía una alucinación, pero dolorosamente era verdad. Las pelotas debajo de la piel habían crecido y lo que era peor, se movían sin ninguna estimulación externa. Eran abscesos que latían, luego me di cuenta, no podía seguir negando la verdad: las células embrionarias seguían tan vivas como yo; a esto llamaban terapias audaces. En algunos pacientes, sólo en algunos, tenía éxito.
¡Dios, ayudáme! Grité y lloré con el secreto deseo de que todo sea una pesadilla, y de no ser así, que la muerte me evite tanto horror. Los únicos dispuestos a dar una respuesta eran esas pequeñas aberraciones reptando debajo de mi piel, que brillaba dando la impresión que de un momento a otro se iba a desgarrar. Mis gritos de dolor y espanto alteraron a médicos y enfermeras. Sólo cuando me inyectaban sedantes las aberraciones se aquietaban.
En medio de una crisis de llanto, desperté en un quirófano. El médico me explicó que era imposible extraer las protuberancias sin arriesgar mi vida, que había una simbiosis. Lo único aconsejable era observar le evolución y evitar más complicaciones.
Pasé una semana más de tortura y los síntomas desaparecieron. Como nadie sabía que hacer conmigo, me dejaron volver a casa. Rogué porque todo volviera a la normalidad. Y, lo más importante, mi piel se había revitalizado, estaba más joven que nunca. En un esfuerzo por olvidar, volví a mi rutina.
Al mes siguiente, otra vez, empezaron las pesadillas; esta vez yo era una vieja que hervía, y luego me comía, a varios bebes. Corrí al espejo… allí estaban las protuberancias, rojas y dolorosas, reptando debajo de la piel. Todo el cuerpo me ardía, todo era fuego. Debajo de cada inflamación, conté nueve, algo me apretaba los músculos, los absorbía, o algo peor: los masticaba. ¡¿Qué sucedía?! Encendí todas las luces de la habitación, y a pesar de las lágrimas y el intenso dolor, pude ver en detalle el contorno de las atrocidades; era lo que creía haber visto cuando me llevaron al hospital, lo que seguramente vio el médico y no lo quiso reconocer: ¡embriones humanos estaban creciendo y se fagocitaban mis músculos! ¡Se estaban comiendo mi cuerpo desde adentro!
Las células embrionarias, “de origen animal”, eran para nutrir la piel, pero estos renacuajos humanos me estaban comiendo para sobrevivir.
A partir de aquí nada se pudo hacer. Salvo que eligiera el suicidio. Desde entonces paso algunos días con cierta tranquilidad, y otros, los embriones empiezan a moverse y alimentarse, entonces todo es un grito de dolor. Lo único que puedo vestir es una túnica que oculte semejante depravación.
Primero se fagocitaron mis brazos, de los que quedó la piel con sus huesos, que cuelgan como dos bolsas de plástico agitadas por el viento. Rápidamente fueron por mis piernas. Ahora que los conozco bien sé que quisieron frustrar mis ideas suicidas.
Los nueve parásitos subcutáneos continúan, su carnívoro raid, gestándose sin apuro. Y la muerte se hace esperar. Hasta que ellos decidan comerse la piel, y nacer.
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Realmente un relato escalofriante. Gracias a Norma Beatriz Cabrera por su colaboración con nuestra web. Seguimos en Terror y Nada Más…..















Abril 25th, 2008 at 6:31 am
Gracias por la publicaciòn de este relato y el podcast de Un descarnado abrazo (que recién escuché). Saludos.