Sea este el testimonio que explique lo sucedido en el bosque de Boarwood a Nathan Forsyth y la revelación sobre lo que allí acecha en espera del momento en que pueda venir a por mí. Aunque ya he contado esto a quien correspondía, se han tomado mis palabras como los desvaríos de un anciano. Por eso, aunque la advertencia resulte inútil y más gente sufra el destino padecido por Nathan o el que me aguarda a mí, debo dejar todo registrado. Ojala sirva para salvar nuevas vidas e impedir que lo que se oculta en las criptas bajo aquella maldita Iglesia no se cobre nuevas víctimas.

Pero estoy divagando y debo atenerme a los hechos. Mi nombre es Ephraim Rice, y soy director de la Sociedad Histórica de South West Mark y de los archivos municipales. Como tal, es mi deber estudiar, conservar y catalogar el patrimonio histórico y cultural de esta pequeña ciudad. Por ello, en ocasiones recibo consultas desde otros lugares, principalmente para investigaciones genealógicas o relacionadas con la historia contemporánea. Esto no quiere decir que mi municipio natal no sea antiguo, pues nuestros registros y los restos arqueológicos más antiguos lo datan como asentamiento ya a comienzos del siglo V D.C., aunque existen pruebas de que los celtas habitaban la zona desde mucho antes. Los bosques, conocidos como Boarwood, siempre han sido abundantes en caza, y las tierras son fértiles, pero los ancestrales pobladores de la región prefirieron no habitar esta zona concreta. Pero, en su lugar, alzaron algunas infraestructuras de carácter religioso. Me estoy refiriendo, particularmente, a un círculo de piedras grabado con motivos de este pueblo sobre el cual se construyó el templo cristiano de Boarwood. Se trata de una iglesia pequeña, en la que, por motivos que desconozco, se usaron como pilares en los muros las piedras del antiguo círculo celta. Tal vez los que ordenaron la construcción ya sabían lo que se ocultaba en el bosque y conocían la utilidad de las cámaras excavadas bajo el subsuelo. Estas fueron aprovechadas como criptas, aunque solo se utilizó parte de las mismas, emparedando las zonas que no se usaron. Esto fue parte del fenómeno que atrajo a Nathan Forsyth a South West Mark.

El primer contacto que tuve con este estudiante fue un mes antes de que, finalmente, decidiera visitar el pueblo. Se trataba de un correo electrónico en el que realizaba algunas consultas sobre la historia antigua del pueblo. Eran datos fáciles de hallar, por lo que recibió mi respuesta con escasa demora. Así se inició una comunicación telemática y telefónica en la que, poco a poco, me fue informando sobre su proyecto. Estaba preparando su tesis doctoral sobre el tema “Sincretismos celtas y cristianos en las tradiciones y folklore de Gales”. Por ello, casi por casualidad, había llegado a sus oídos la existencia de South West Mark. Esta ciudad no es particularmente grande o famosa, aunque tiene su encanto, un frondoso bosque vecino con una abundante población de jabalíes y diversas posibilidades para el turismo cultural y de naturaleza. Su principal industria es la cárnica, centrada en las prosperas granjas porcinas y el matadero, pues nuestros cerdos crecen particularmente sanos, fuertes y carnosos. Por ello, desde tiempos antiguos, en las fiestas locales siempre se rinde homenaje a los puercos. Esto fue precisamente lo que había llamado la atención de Nathan: nuestras celebraciones de Pascua, Solsticio de Verano, Halloween y Navidad tenían un cierto sabor pagano centrado en nuestros magníficos cochinos, de los que tan orgullosos siempre hemos estado.

Según mis propias investigaciones, estas particularidades son exclusivas de South West Mark y pueden rastrearse hasta sus orígenes como asentamiento. Tal y como sospechaba Natahan, el aspecto pagano de estas celebraciones tiene un fuerte componente celta, que fue asimilado por el cristianismo, pero no olvidado. Pero, ¿cual es la razón de que este sincretismo sea tan fuerte y no se halla diluido con el paso del tiempo? Buscar la respuesta a este interrogante fue lo que condujo a Nathan a decidir visitar la ciudad.

Cuando finalmente lo conocí en persona me encontré con un joven de aspecto serio y apariencia cuidada. Nuestra primeras conversaciones en persona resultaron muy productivas pese a la diferencia generacional entre sus 25 años y mis 60, ya que los intereses comunes fueron más fuertes. Tras instalarla en el “Boar’s den”, un buen hotel de la ciudad, comenzamos con el asunto que le había traído hasta aquí. Juntos repasamos la historia de South West Mark, investigamos en los registros y discutimos largo y tendido sobre los orígenes de las peculiares tradiciones de la localidad. Al principio se limitó a sumergirse en los archivos, estudiar y repasar todos los detalles que pudieran resultar importantes. Gracias a eso y a la información que ya le había estado enviando previamente, se hizo una idea general de la historia de la ciudad. Pero siempre surgía la misma duda: ¿Cómo empezó todo?

Existen múltiples tradiciones antiguas que pueden rastrearse hasta un posible o probable origen, sin embargo, la importancia de los cerdos en South West Mark, más allá de su abundancia, se escapaba. A través de Internet se dedicaba a cotejar datos de los archivos de la sociedad con la información que encontraba sobre temáticas similares, pero siempre llegaba hasta el mismo punto muerto. Por ello, para luchar contra este bloqueo que impedía avanzar, le invité a visitar las ruinas de la Iglesia de Boarwood. Aceptó, esperando así hallar alguna clave que le permitiera seguir adelante.
Organizamos una excursión al bosque con la intención de pasar el día allí. Salimos temprano, después de desayunar, y nos encaminamos hacia la floresta. Boarwood era una zona relativamente intacta. La explotación maderera y carbonera, incluso la caza, había sido muy escasa, por lo que se había conservado en excelentes condiciones. Cualquier intento de uso masivo de los recursos de la espesura no tardaba en verse abortado por fenómenos como sabotajes y desapariciones. Esto, que se había repetido a lo largo de la historia de la ciudad, acabó por ser aceptado como un hecho más de la realidad de South West Mark. Por supuesto, existían las habituales leyendas y habladurías populares sobre el bosque y la Iglesia, aunque resultaban sumamente vagas. Se trataba de historias sobre hadas, extraños comportamientos de los animales y hechos similares, abundantemente salpicado con el folclore galés.

Al llegar hasta el templo, Nathan quedó sorprendido. Los siglos de abandono habían dejado su huella en el edificio, pero aún así, se encontraba bastante bien conservado. El tejado había desaparecido, y dos paredes estaban gravemente dañadas, por lo que eran más escombros en torno a las viejas piedras celtas que muros aun en pie. Pero la Iglesia de Boarwood aguantaba pese a todo, orgullosa y temible en un claro en medio de lo más espeso del bosque. Se erguía como un testimonio del pasado que se negaba a ser olvidado, exhalando un aura de antigüedad primigenia.

Inmediatamente, Nathan comenzó a documentar en video y fotografías todo el edificio. El viejo templo le fascinó, con aquel extraño sincretismo arquitectónico. Pero lo que más llamó su atención fueron los monolitos celtas convertidos en pilares de una edificación cristiana. No sólo los habían incrustado en una estructura mayor, desplazándolos de sus posiciones originales, sino que habían respetado una serie de grabados que aún conservaban un cierto grado de nitidez. En ellos, junto con representaciones del trisquel, motivos de espirales y algunas adiciones posteriores de cruces celtas, se podían ver abundantes figuras porcinas.

Pasamos gran parte del día hablando sobre la Iglesia y las posibles causas de su construcción y posterior. El templo era una parte más del misterio que rodeaba a South West Mark, pero ambos teníamos la sospecha de que, si resolvíamos el enigma de aquellas ruinas, podríamos ver la luz. Ciertamente no estábamos equivocados. Aquella primera visita resultó provechosa en cuanto a nuevas preguntas pero aportó muy pocas respuestas.

Durante los siguientes días, Nathan volvió a enfrascarse en el estudio de los archivos y en la búsqueda a través de la red. Al principio comentaba conmigo sus progresos o la falta de ellos, pero poco a poco comenzó a volverse más opaco. Según supe por una breve charla que pudimos mantener, creía haber dado con la clave de todo a través de un oscuro y parcialmente olvidado anexo de la mitología celta. Era algo que los propios galeses antiguos preferían no mencionar. Pero, a falta de más elementos sólidos de trabajo, no quería adelantar nada más. Así, encerrado en su mutismo, siguió investigando. Tal y como pude averiguar posteriormente, durante las siguientes dos semanas realizó algunos viajes más por su cuenta a la Iglesia. Logró despejar de escombros la losa que cubría el acceso a la cripta y levantarla, liberando así la entrada a las cámaras inferiores. No me atrevo a aventurar lo que encontró allí antes de su desventurado final, pero si sé que entre sus posesiones se hallaba una curiosa, extraña y algo repulsiva estatuilla. Se trataba de la representación de una criatura antropomórfica, sentada con las piernas cruzadas y sosteniendo con las manos un platillo sobre su oronda barriga de Buda. Pero la principal anormalidad era la cabeza de jabalí que coronaba el corpachón del ser. Había algo en la manufactura y en lo que representaba la escultura que me producía una honda sensación de rechazo. Pero a Nathan parecía fascinarle y llenó páginas y páginas de su cuaderno sobre la efigie.

El aciago desenlace se produjo al mes de aquella primera visita a la Iglesia. Por fin, Nathan parecía haber surgido de su encierro, y se dirigió a mí para solicitar ayuda. Según me dijo, creía haber dado con la clave de todo. Tal y como había descubierto, los celtas adoraron en aquella región a una extraña variante del Rey del Bosque, el Dios Cornudo. Se trataba de una entidad o criatura de rasgos porcinos. Pese a la romanización y la expansión del cristianismo, esta fe se había mantenido oculta y perseverante. Así, la Secta del Dios Jabalí se convirtió en un religión mistérica y oculta que mantuvo vivas las viejas tradiciones. Esto acabó por producir el extraño sincretismo propio de South West Mark. Según creía, en las cámaras subterráneas emparedadas podría encontrar restos de aquella olvidada fe.

Supongo que me dejé llevar por su entusiasmo juvenil, pues acepté acompañarle. Nos hicimos con un mazo, linternas, picos y palas, y así equipados, junto con su cámara de fotos, nos encaminamos hacia el viejo templo.

Al llegar al lugar descubrí los progresos que había realizado por su cuenta. El suelo había quedado despejado casi por completo, y el acceso a las criptas, ya destapado, quedaba cubierto por una lona impermeable firmemente sujeta. Tal y como me dijo, aquello lo había hecho porque la losa que lo tapaba era demasiado pesada y poco manejable. Por suerte, los animales parecían evitar aquellas ruinas, por lo que el lugar se mantenía limpio de huellas y restos dejados por la fauna local. Antes de descender a las cámaras subterráneas, me miró con una expresión que me aterró y realizó su última revelación:

“Este es el cubil del dios, donde residía y era adorado por los antiguos celtas. Aquí es donde se ofrecían los sacrificios de carne y sangre, donde se practicaba el holocausto de los cerdos en el tiempo de la matanza del ganado, se encendían las hogueras durante los solsticios y se realizaban rituales orgiásticos durante el equinoccio de primavera. Este era el punto focal del culto a Nodshog, el Dios Jabalí de los Bosques, quien luchó con dragones y que fue amante de las hijas de Llŷr, de quien fue compañero de aventuras. Pero estas historias fueron ignoradas por los que recopilaron los mitos y folclore del País de Gales. Se decía que procedía del Annwn, el inframundo, pero su culto como deidad fue minoritario y era más considerado un monstruo que un héroe cultural, por lo que su adoración acabó por decaer para quedar reducida a la región de South West Mark.

Allí abajo, en las cámaras subterráneas se halla la morada mítica de este poder ctónico, por lo que podemos encontrar restos de su último santuario, custodiado en la superficie por su progenie porcina.”

Tras su exaltado discurso, tomó las herramientas y descendió a la oscuridad. Había dejado allí abajo un foco con una batería para alimentarlo y así complementar a las linternas que llevábamos con nosotros. Luz no nos faltaría, pero ni aún así me atreví a bajar. Un terror instintivo me retenía mientras le escuchaba atacar con el mazo una pared, hasta que logró abrir brecha. Su grito de júbilo ante lo que encontró al otro lado me heló la sangre. Le escuché llamarme, pero no podía moverme, y él tampoco insistió. Guiado por su entusiasmo, cruzó el umbral que había abierto. El silencio se mantuvo durante unos cinco minutos mientras yo esperaba, hasta que un alarido infrahumano lo quebró. Era un grito que sólo podía ser producido por un dolor físico extremo y una agonía mental sin límites. Los miembros me temblaban y el sudor frío cubría mi espalda. Cuando aquel chillido cesó, se hizo el silencio unos segundos, hasta que un nuevo sonido se impuso. Era el producido al agrandarse el agujero en la pared. De inmediato, algo fue lanzado contra la escalera que descendía a la cripta. Para mi horror, era el cuerpo roto y desmadejado de Nathan Forsyth. Por fin, la parálisis que me retenía se rompió y salí huyendo hasta el borde del claro, donde caí al tropezar con una raíz. Los ruidos a mi espalda indicaban que, fuera lo que fuera lo que mató a Nathan, estaba saliendo de la cripta y se dirigía hacia la puerta de la Iglesia. Entonces lo ví. Era grande, de proporciones mayores que las de un humano, como construido a una escala diferente. Era robusto, de espaldas enormes y musculoso. Se apoyó en el umbral con una de sus callosas manos, de dedos toscos y gruesas uñas. Pude ver su poderoso torax y sus potentes patas acabadas en pezuñas porcinas a través de la raída y harapienta túnica de color amarillo pálido con que cubría su mole. Era un titán, un coloso de cerca de dos metros veinte de alto, cargado de energía y poder. Sus movimientos eran ágiles, incluso con una cierta gracilidad pese a su enorme masa. Pero el mayor horror, lo que desencadenó mi última reacción, fue aquella horrible cabeza de jabalí, con afilados colmillos curvos, una crin de largas espinas que descendía desde lo alto de su testa hacia su espalda, y, sobretodo, esos ojos trilobulados que me contemplaban con una inteligencia alienígena. Grité. Grité hasta casi perder la voz. Porque aquel ser surgido de la cripta era el modelo para la repulsiva estatuilla que encontró Nathan. Era Nodshog, que, tras un letargo de siglos, volvía a caminar sobre la tierra.

No recuerdo mucho más, pues mi memoria tiene un vacío que no puedo rellenar. Supongo que un salí corriendo y, por alguna razón, aquel ser no vino tras de mí. Tuve que informar de la muerte de Nathan Forsyth, pero su muerte la achacan a algún animal salvaje, a jabalíes tal vez, que entraría en las cuevas y acabó perdido en ellas. Se basan en la exploración que hicieron de las mismas. No encontraron nada, salvo huellas porcinas y un acceso a la red de cámaras subterráneas por un olvidado túnel en mitad del bosque.

Pero se que Nodshog aguarda ahí fuera. Desconozco los motivos que le llevaron a actuar como lo hizo, pero estoy seguro de que se llevó consigo todo lo que pudiera delatar su existencia o confirmar las ideas de Nathan. Y ahora, con sus posesiones en algún lugar seguro, viene a por mí. No se ha mostrado directamente, pero puedo sentir su presencia cuando un jabalí o un cerdo me mira. Para los antiguos galeses fue un dios, pero en esos ojos trilobulados que no puedo olvidar vi una inteligencia completamente ajena, diferente. Para eso, los humanos somos meras piezas en un juego del que desconocemos su existencia y sus reglas. Pero debo afrontar mi destino. Este titán del pasado, cuyo origen se pierde en la niebla del tiempo, me llama. Noto su presencia en mi mente, como un cosquilleo molesto. Durante este tiempo ha estado recuperándose de las consecuencias de una larga hibernación. Pero ya se encuentra preparado para venir a por mí. Me habla. Escucho su voz rota y profunda y mi cordura se estremece. Me explica lo que le hizo a Nathan y lo que me aguarda a mí. Su mente es terrible, poderosa y terrible, pero ha estado demasiado tiempo en letargo. Este mundo no es el que conocía, por eso se introdujo en la psique de Nathan y asimiló todos sus conocimientos. Así podría adaptarse a este tiempo. Pero no es suficiente. Nathan enloqueció y murió demasiado pronto. Necesita más, necesita mi mente. Pero la distancia es un obstáculo. Tiene que mantener el contacto visual para asimilar el saber que se esconde en otro intelecto. Por eso me llama. Como un canto de sirena, así es para mí su reclamo. Y no puedo resistir más. Debo acabar este testimonio antes de partir hacia Boarwood, pues así quedara registrada toda la verdad. Parto hacia la Iglesia. Me espera. Nodshog me espera.

Tras la desaparición de Ephraim Rice, se encontró este manuscrito en su despacho de la Sociedad Histórica. Poco después, su cuerpo apareció en la Iglesia de Boarwood. No tenía ninguna marca, y su rostro estaba desfigurado en una mueca de horror absoluto. Según los resultados de la autopsia, murió de miedo. Durante el tiempo que estuvo su cadáver en el bosque, ningún jabalí lo tocó, aunque se encontraron numerosas huellas de estos animales a su alrededor.

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